Del viaje relámpago de ayer a Palma puedo decir pocas cosas...podría resumirlas en:
- Atasco matinal en la Ronda Litoral (1 hora para recorrer 32 km. Más el consiguiente cabreo, la tensión, los nervios...)
- Añadamos 2 horas de retraso en el vuelo de ida a Palma de Mallorca.
- Añadamos una máquina expendedora de botellas de agua que no te acepta NINGUNA moneda.
- Añadamos que en la oficina a la que fui, funcionan a gritos.
- Añadamos una pizza rápida para comer (10 min.)
- Añadamos otro atasco de camino al aeropuerto de Palma (con el consiguiente cabreo, la tensión, los nervios...)
Día luser por excelencia, pues. De este viaje relámpago recuerdo el momento en que buscando (otra) máquina expendedora por el aeropuerto de Palma llegué a un lugar, amplio, amplísimo, donde no había absolutamente nadie. Me encontraba en medio de esa enorme sala, a mi espalda las máquinas expendedoras y al fondo una mujer de la limpieza abrillantaba el suelo. Sobre mi cabeza, por la megafonía del aeropuerto se escuchaban diferentes mensajes, todos a la vez, con ese típico sonido de walkie talkie, esa voz dulce y falsa al mismo tiempo típica de los aeropuertos...estando allí de pie me vino una sensación de soledad inmensa, en aquella inmensidad de sala y con el sonido de la megafonía...es difícil de explicar, pero me dí cuenta que en las últimas semanas he necesitado mucho de tener más contacto con mi gente, y que les echaba mucho muchísimo de menos en esos instantes. Algo que una llamada no puede satisfacer.
Y es que estos días, o semanas, están siendo muy duros de trabajo. Trabajar con plazos y bajo tanta presión casi me lleva al colapso. Esos momentos en que suenan tres teléfonos a la vez, tu mente se nubla, y solo puedes ver, a través de una nube gris que maltratan tus ojos, cientos de correos que se acumulan, uno tras otro, en la bandeja de entrada, y todos requieren de tí y tú requieres de ellos...y cuando cuelgas siguen ahí y poco a poco su sonido se aleja y te pierdes en una sombría soledad que sabes que durará aún un tiempo más...
Es en esos instantes, cuando más necesitas del mundo que está ahí, fuera de esas cuatro paredes. Es cuando necesitas de ese espacio cercano con tu gente, ese espacio que el trabajo agrande y no te permite disfrutar. Ese espacio que es vital para seguir sintíendote vivo.
E iba pensando en ese espacio vital que tanto necesitaba, ayer, en el avión de regreso a casa, cuando mirando por la ventana, veía una luna preciosa iluminando el cielo y la Bahía de Palma, y su luz reflejada en el ala del avión...y ya cuando el cansancio iba minando mis últimas resistencias, me pareció ver, flotando sobre las nubes, dos sombras, que se movían tal como si una de ellas persiguiese a la otra, perdidas en un mundo blanco mortecino, sin luz, condenadas a perseguirse mutuamente hasta la extenuación...y volví a sentir la soledad del momento, acurrucado en aquella butaca tan incómoda...
De regreso a casa, en ese espacio íntimo que es tu coche, tú mismo y tu música, la música me recordó que aunque tu gente no está ahí, en ese instante, hay muchos hilos invisibles que en la distancia te unen a todos ellos de una manera muy especial. Y por fin, en ese momento, me sentí reconfortado...
Canción de la noche: Craig Armstrong - Balcony Scene (The Space Between Us 1998)

Etiquetas: experiencias laborales